sábado, 3 de enero de 2015

La vaca era de Wittgenstein

Luchamos inútilmente contra la vida, y la vida propia se nos va - que no la Vida. 
A veces se va la vida de alguien anónimo, y no echamos en falta su vida. Fallece y ya,  puede ocurrir que no tenga una esquela donde anunciar su fallecimiento. 
Otras sin embargo, se produce el fallecimiento de alguien que todo el mundo lamenta, aunque él mismo decidiera de manera apresurada, apresurado. montar su propio funeral. Es el caso de Robin Williams, que se esforzó como actor en representar lo que no poseía en su vida, la sonrisa. O quizá, la sentía ausente. 
Padecemos supina ignorancia sobre nuestro mismo proceder. Robin Willians se une a esa nómina larga de suicidas, sean poetas, escritores, artistas, toreros. Juan Belmonte, el que, al comunicarle el sucidio de Hemingway, ratificó "Bien hecho"; y Silvya Plath dos ejemplos, dos suicidas en la mesa del tanatorio. 
Es curioso como el futuro suicida no se condolió del suicidio de un amigo, sino que lo subrayó como ese "bien hecho". Hemingway, amigo de Lauren Bacall, que fallece de muerte natural hoy, a los noventa y tres años, habiendo fallecido anteriormente en el fallecimiento de Humphrey Bogart y el del propio Hemingway.
Bacall y Hemingway juntos en España, en el verano sangriento de 1960. Toreaba Dominguín en Bilbao y lo cogió el toro cuando daba uno de esos sus lances prohibidos. Enseguida, Hemingway alquiló un coche y marchó rumbo a Bilbao para verle, y con él, montó Lauren Bacall. A la altura de la plaza de toros de Aranda, entrada la noche, el escritor se empotró contra un falso platanero, y los obligó a pasar el tiempo del arreglo del coche en la Villa. 
Entre visitar las bodegas, probar el vino y proseguir con el güisqui, y finalizar en un revoltijo de sábanas en la antigua hospedería frente a la policía nacional - allí mismo donde Orson Wells estuvo a punto de morir de un coma etílico cuando buscaba exteriores para Campanadas a medianoche. 
Marcharon a Bilbao y Laauren Bacall se enamoró perdidamente de Luis Miguel Domingín, ese dominguero del sexo, que si no lo contaba no había sido, no se conformaba con haber estado.
Ella retornó a Hollywood y el torero no pudo contar nada. Bogart ya no poseía El halcón maltés.

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